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La construcción escatológica de la vERDAD





Es mejor que mueran los inocentes a que escape el culpable…

Herodes

 

No hay nada sobrenatural que pueda ser concebido primero como un hecho divino, así como no hay nada natural que la ciencia no trate de explicar, ésta, no se preocupa de lo sobrenatural porque elementalmente es irreproducible. Lo verdadero según lo que entendemos es repetible, pero lo falso también se puede repetir. ¿Qué se puede decir de los hechos que solamente ocurren una vez? ¿Son falsos necesariamente? Esto quiere decir que nuestra noción de la realidad debe ser tomada como limitada de antemano bajo cualquier ley lógica de forma imperativa, aunque no desde ESA lógica imperativa, la que nos dejaron los imperios, sino como forma, como un rayo de lucidez que viene a enseñar qué tan alejados estamos de la Verdad y de estar conscientes de ello.

No es digno, ni intelectualmente ético entonces, asegurar que los milagros no existen, ni siquiera es científicamente correcto decirlo, entendiendo que la falsabilidad es un requisito científico para cualquier campo que se quiera investigar, pero que no puede ser aplicado a todo, y como hay un todo, y una cantidad mínima de investigaciones que se pueden hacer científicamente, la ciencia es enormemente limitada. Los analíticos dicen que no vale la pena escribir sobre lo que no se puede investigar ni demostrar, que hay que apegarse muy estrechamente a la lógica para poder hacer filosofía, pero hay una contradicción en este argumento, porque la lógica misma exime la existencia de la filosofía analítica como una vía relevante para encontrar la verdad. Otro tema es considerar las verdades que ponen en duda, lo cual es su especialidad, y la forma en que lo hace nace desde la perspectiva elitista de la que nació.

Ahora, que lo falso se pueda repetir no es un argumento en contra de los milagros, es el argumento que le proporciona razón de ser a la ciencia, porque es fácil decir que siempre han existido mentiras, por tanto, la filosofía analítica no es una filosofía, es una retórica, un sofismo. La filosofía debe dar esperanza, debe apuntar lo falso; pero no dar una esperanza basada en alimentar “falsos profetas”, ni encontrar lo falso con lógicas basadas en el parasitismo sobre los recursos naturales de los individuos. La filosofía es irracional en este sentido, es un salto hacia los confines de la imaginación y de la superstición con valor estoico, para encontrar en todo lo repetible, aquello que nunca más ocurrirá. El pensamiento histórico tiene que ver con esto, y muy claramente con lo que proponían Deleuze y Guattari en su propuesta filosófica. La filosofía decanta lo parasitario porque no necesita de un alimento externo para sobrevivir, su alimento cae del cielo y son los cielos sus límites, y éstos, no lo tienen.

En este sentido somos prisioneros de la naturaleza. Al crearse la mente y evolucionar, evolucionaron lentamente las formas de tecnologías. Que el humano haya podido domesticar las plantas representa una lucha simbólica entre el bien y el mal, todo ha sido predicho para simbolizar a través de los libros sagrados el advenimiento de dios, su segunda venida, un nuevo paraíso en el cual inventemos también a dios, le demos vida. En este sentido la tecnología, la familia, el estado, las empresas, la inteligencia, son herramientas de una creación teológica después de la cual no podremos escapar. Se estudia la repetición porque es la repetición la fuerza organizativa de dios, se estudia la diferencia para ver en qué este dios se equivoca.

Actualmente nos encontramos en la era de la posverdad, porque es más fácil decir que siempre han habido mentiras, luego, todo es mentira, y la verdad es la que personalmente yo manifiesto. He ahí el renacimiento de las tendencias proclives a crear la realidad, desencantadas del acto repetitivo científico, encuentran en esta visión espiritual una nueva esperanza, una nueva religión. Mas todas las religiones se unen en cierto aspecto, todas crearon algún tipo de herramienta dispuesta a mejorar la tecnología, la punta de lanza; la semilla es una forma tecnológica, y esto es mucho menos espeso de digerir conociendo los avances con respecto a la modificación del ADN en semillas hoy por hoy. Si consideramos, la semilla comenzó dependiendo de algunos hombres experimentados, para luego sostener pueblos, ciudades, imperios; pero en el presente, al igual que las riquezas, comienzan a concentrarse como forma de derecho, como forma de ejecución, en una menor cantidad de población, la más rica, y al igual que con los derechos, son cada vez menos las personas más ricas de este mundo, aunque cada vez más los que sostienen una riqueza parasitaria; así como la filosofía analítica que depende del estudio del lenguaje para desmentir y avanzar al alero de la ciencia. Los ricos parasitarios son personas con una gran opulencia, pero no tan dueños de nada, ni de las tecnologías que le brindan el sostenimiento de sus vidas, comprendiéndolas holísticamente con la naturaleza, ni del sostenimiento que nos ha brindado la agricultura desde hace miles de años.   

Pero la posverdad es un efecto social. Y así como la semilla que, como forma tecnológica, respondió a nuestras necesidades, así también la tecnología como algún tipo de dios que estamos inventando, responde a nuestras necesidades y deseos. Quién controla los medios digitales controla la verdad, la mínima verdad que se está creando, una verdad que busca exaltar deseos porque de éstos dependen las tecnologías, y nosotros de ellas. El populismo, la exaltación de la irracionalidad, es el resumen de lo que ya dijo Nietzsche: "No hay hechos, sólo interpretaciones". Todo marcha en este sentido, y parece hacerlo tan fuertemente que es bastante notorio el hecho que no muchos vean esta trampa, esta tendencia sine die de estar creando de forma literal a una deidad. La tecnología es esta deidad, ya se sostuvo de nuestras manos para comenzar a sostenerse a sí misma, primero la domesticamos a nuestro beneficio, pero no sabremos hasta qué medida lo artificial pueda tornar a salvaje nuevamente. Algunos arqueólogos sostienen que catástrofes así pudieron haber ocurrido, pero ignoro que sostengan que éste nuevo nacimiento de un dios sea la razón de desapariciones masivas de civilizaciones a lo largo de la historia y del mito. El Leviatán guarda estos dos aspectos: en la biblia es un monstruo mítico que representaba el alejamiento de Dios (seguir los deseos), mientras que en Hobbes representa al Estado y sus poderes siguiendo un principio primordial, como, por ejemplo, el de la escuadra y el compás. La adoración a la técnica. 

La potencia del móvil para difundir la propia opinión es importantísima si es lógicamente congruente con aquello que le abruma. Pero ya la tecnología lo adquiere todo, prácticamente no hay nada que se le escape. Estamos aun en una época feudal, con vasallos, reyes, territorios en disputa, y un hambre brutal de lo tecnológico por crecer, lo está consiguiendo, y aparentemente, no hay nada que pueda evitarlo. La aniquilación total podría ser el secreto que nos dejaron los antiguos para matar a este Leviatán, pero obviamente es una solución poco plausible. Sería interesante imaginar qué hizo la tecnología en la antigüedad para que la aniquilación haya sido la solución, dejemos este trabajo a los novelistas y concentrémonos en los hechos.  

Para la posmodernidad la verdad no existe, solo existe el lenguaje con el cual la describimos. "La demasía en palabras mata, pero el espíritu da vida" (Corintios). En términos extremos es el lenguaje el que hoy le da vida a lo que está creciendo y muerte a lo que decrece: nosotros, crea nuevos deseos y es la herramienta para la manifestación de todas las cosas que las masas quieren que se cumplan, pues no hay otra vía hacia el sufrimiento que el lenguaje, y la creencia que podemos manifestar la realidad, lo cual es desear. Lo creímos del budismo, lo creímos en Schopenhauer, hay evidencia suficiente para decir que el transhumanismo es un medio para un traspaso de poder mucho más grande. Actualmente nos podemos sentir lo competentemente ignorantes con respecto al enunciado: Somos la naturaleza mejorándose a sí misma.

Es irónico, lo único que es mas grande que las riquezas, las ciencias y las tecnologías, es el Deseo, y la mayor bajeza. La potencia de lo falso radica en la medida en que la Verdad se oponga a los deseos humanos; el deseo influye, junto al algoritmo lógico de las maquinas, a la ilusión de tener siempre la razón, lo que expande la posverdad a demasiados territorios. Así la vERDAD se impone como forma de dominación y como institución política. Se propone un No al dogmatismo de la verdad, porque la verdad en política ha dejado demasiados estragos, es conveniente la frugalidad de lo falso, o lo que es lo mismo la fugacidad del deseo. Si no hay verdad la tolerancia debe maximizarse, pero lejos de maximizarse una tolerancia positiva, se obtiene una tolerancia negativa, que rechaza la lucha en contra del mal y exalta una aceptación de la conveniencia. El deseo se transforma en una manera de liberarse, porque la razón en política es una forma de dominación, mientras se exalta una verdad única en disciplinas que llevan a la tecnología a niveles cada vez más elevados, pero con otros fines, en los que no está incluida la salvación de ningún pueblo. La verdad es para la tecnología, la vERDAD para nuestros pueblos. En política la verdad se vuelve superstición, y se acusa a los que la practican a niveles inquisidores, tal y como se acusó a los templarios en algún momento, de servir a Baphomet, ese símbolo de carnero dual que representa cierta unión de los contrarios, sarracenos, ocultistas, gnósticos; ya es otro campo de la historia. La democracia se separa de la verdad y se une a la vERDAD.

Las ciencias y las políticas recaen en el pecado de la redundancia, la política lo hace ontológicamente, esto es, es su razón de ser, mientras la ciencia lo hace escolásticamente, como una forma investigativa para aumentar un conocimiento eterno a través de las mismas vías. Como las nuevas tecnologías facilitan lo falso, se llega a intuir inconscientemente que la posverdad (que no exista una verdad definida), puede llegar a liberar a la humanidad. Entonces la verdad depende de las proposiciones de lo que percibimos, lo que es una postura de los analíticos, mientras que la tecnología se vuelve la única forma capaz de fabricar la Verdad.

Muchos dirán a la vieja usanza de que si eres comunista no puedes portar un iPhone, que todo esto lo escribo a través de medios digitales, pero esto no es más que otra forma de hacer ver lo poderosa que se ha vuelto nuestra incapacidad de ejercer otros medios. Al fin de cuentas San Agustín ya nos defendió: Si la verdad no fuera transmitida, enunciada, ni usada, no habría Verdad.

Aprender a Aprender: Filosofía y Metacognición

Técnicas prácticas y reflexiones filosóficas para perfeccionar el aprendizaje autónomo


En un mundo donde la información fluye sin cesar, aprender a aprender se convierte en una habilidad esencial para navegar con éxito el conocimiento moderno. Este artículo explora cómo desarrollar la autonomía en el aprendizaje a través de la metacognición, una herramienta poderosa que nos permite reflexionar sobre nuestros propios procesos mentales. Inspirados en las ideas de filósofos como Spinoza y Vygotsky, y en teorías como el constructivismo social de Bruner, descubriremos estrategias de aprendizaje que combinan la filosofía del aprendizaje con prácticas efectivas. Bienvenido a una inmersión en el arte de aprender a aprender, donde la biblioteca clásica y la era digital se fusionan para inspirar un crecimiento intelectual continuo.


Acuarela de una biblioteca clásica con un estudiante leyendo, simbolizando aprender a aprender, metacognición y filosofía, inspirado en Spinoza y Vygotsky.

Contexto histórico, por qué es importante "aprender  aprender" hoy.

El concepto de "aprender a aprender" no es nuevo, pero ha ganado relevancia en la era moderna, donde el acceso masivo a la información exige habilidades para gestionarla de manera autónoma y eficaz. Sus raíces se remontan a las reflexiones filosóficas y psicológicas de los siglos XIX y XX, cuando pensadores como Lev S. Vygotsky y Jean Piaget comenzaron a explorar cómo los individuos construyen conocimiento. Vygotsky, con su idea de la "zona de desarrollo próximo", destacó la importancia del contexto social y la mediación en el aprendizaje, mientras que Piaget enfatizó el desarrollo cognitivo a través de la asimilación y la acomodación. En los años 60, Jerome Bruner, inspirado por Piaget, introdujo el constructivismo social, subrayando que el aprendizaje es un proceso activo donde el estudiante no solo absorbe información, sino que la transforma y la aplica en diferentes contextos.

Paralelamente, la filosofía ha aportado una dimensión profunda a este concepto. Baruch Spinoza, en el siglo XVII, con su método geométrico en la Ética, mostró cómo el conocimiento puede construirse de manera lógica y estructurada, un principio que resuena con la metacognición moderna: la capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento. En el siglo XX, Reuven Feuerstein complementó estas ideas con su programa de enriquecimiento instrumental, diseñado para enseñar a pensar y aprender de forma autónoma. Este artículo se sitúa en la intersección de estas corrientes: la psicología del aprendizaje, la filosofía del conocimiento y la pedagogía contemporánea, que hoy en día valora el papel activo del estudiante en su proceso educativo. En un mundo saturado de datos, donde la tecnología y la tradición coexisten —como en una biblioteca clásica que abraza herramientas digitales—, aprender a aprender se convierte en un puente entre el pasado intelectual y el futuro del crecimiento personal.

Cómo aprender a aprender por uno mismo

El concepto de "aprender a aprender" no es nuevo, pero ha ganado relevancia en la era moderna, donde el acceso masivo a la información exige habilidades para gestionarla de manera autónoma y eficaz. Sus raíces se remontan a las reflexiones filosóficas y psicológicas de los siglos XIX y XX, cuando pensadores como Lev S. Vygotsky y Jean Piaget comenzaron a explorar cómo los individuos construyen conocimiento. Vygotsky, con su idea de la "zona de desarrollo próximo", destacó la importancia del contexto social y la mediación en el aprendizaje, mientras que Piaget enfatizó el desarrollo cognitivo a través de la asimilación y la acomodación. En los años 60, Jerome Bruner, inspirado por Piaget, introdujo el constructivismo social, subrayando que el aprendizaje es un proceso activo donde el estudiante no solo absorbe información, sino que la transforma y la aplica en diferentes contextos.
Paralelamente, la filosofía ha aportado una dimensión profunda a este concepto. Baruch Spinoza, en el siglo XVII, con su método geométrico en la Ética, mostró cómo el conocimiento puede construirse de manera lógica y estructurada, un principio que resuena con la metacognición moderna: la capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento. En el siglo XX, Reuven Feuerstein complementó estas ideas con su programa de enriquecimiento instrumental, diseñado para enseñar a pensar y aprender de forma autónoma. Este artículo se sitúa en la intersección de estas corrientes: la psicología del aprendizaje, la filosofía del conocimiento y la pedagogía contemporánea, que hoy en día valora el papel activo del estudiante en su proceso educativo. En un mundo saturado de datos, donde la tecnología y la tradición coexisten —como en una biblioteca clásica que abraza herramientas digitales—, aprender a aprender se convierte en un puente entre el pasado intelectual y el futuro del crecimiento personal. Si te apasiona esta reflexión, descubre más en Filosofía Autodidacta: Aprende a Pensar por Ti Mismo, un libro que te guiará en este viaje de autodescubrimiento intelectual.
1. Observar y analizar el proceso de "aprender a aprender"
Las disciplinas de la psicología y la filosofía han mostrado un interés profundo y sostenido en definir las complejas relaciones entre saber y aprender, por un lado, y entre enseñanza y aprendizaje, por el otro. El aprendizaje se concibe como un proceso dinámico y complejo en cuya construcción participa activamente el aprendiente, aportando sus experiencias, conocimientos previos y perspectivas únicas. Este rol activo del individuo solo es posible si se es consciente del propio proceso de aprendizaje y si se pueden identificar, evaluar y ajustar las estrategias que se emplean en él. Por ejemplo, un estudiante que lee un texto difícil podría detenerse a reflexionar sobre si su método de subrayado y resumen es efectivo o si necesita cambiarlo por una técnica como la elaboración de preguntas para profundizar en su comprensión.
Teóricos destacados han abordado este aspecto desde diferentes ángulos. Jerome Bruner (1960), quien desarrolló las ideas de Jean Piaget, construyó un puente esencial entre la psicología cognitiva y la pedagogía. Bruner afirmó que en el aprendizaje son tan importantes los procesos como los productos finales. Para él, el objetivo primordial de la educación no es solo acumular datos o información factual, sino fomentar el desarrollo de la comprensión conceptual, que está íntimamente ligada al lenguaje, al cuerpo pensante y a las destrezas cognitivas. Su teoría, conocida como constructivismo social, sostiene que la educación debe involucrar a la totalidad de la persona —sus emociones, intelecto y experiencias— y que el verdadero valor de aprender a aprender radica en la capacidad de transferir lo aprendido de una situación a otra, adaptando el saber a diferentes escenarios y contextos de la vida cotidiana o profesional. Por ejemplo, un niño que aprende a resolver problemas matemáticos no solo debería dominar las operaciones, sino también entender cómo aplicar esos principios a situaciones prácticas, como calcular un presupuesto.
En la creación del concepto de "aprender a aprender" también han influido las teorías de Lev S. Vygotsky, psicólogo ruso de principios del siglo XX, y de Reuven Feuerstein, psicólogo educador israelí. Ambos autores subrayan la importancia de la mediación —ya sea por parte de un profesor, un mentor o incluso un compañero— como uno de los principales factores que enriquecen el aprendizaje. Además, destacan el papel del contexto social en el que este se produce y la conveniencia del aprendizaje cooperativo como complemento al esfuerzo individual. Vygotsky, por ejemplo, introdujo el concepto de la "zona de desarrollo próximo", que sugiere que el aprendiente puede avanzar más allá de sus capacidades actuales con la guía adecuada, mientras que Feuerstein desarrolló el programa de enriquecimiento instrumental, enfocado en enseñar a los estudiantes cómo pensar y aprender de manera estructurada. En consecuencia, la pedagogía contemporánea otorga cada vez más importancia a que el alumno desempeñe un papel activo en su propio aprendizaje, ajustándolo según sus necesidades, intereses y objetivos personales. Este proceso tiene una dimensión psicológica profunda: el cuerpo humano, con su capacidad para reflexionar y no dejarse dominar por interferencias emocionales, es el que posibilita la creación de procesos conceptuales y sintácticos claros y efectivos.

2. Autoadministrarse las estrategias de aprendizaje más apropiadas

Las estrategias de aprendizaje son aquellos procesos, técnicas o herramientas que facilitan realizar una tarea de manera idónea y eficiente. Estas pueden variar desde tomar notas estructuradas hasta emplear mapas mentales, pasando por la práctica espaciada o el uso de analogías para conectar ideas nuevas con conocimientos previos. Dado que el aprendizaje es un proceso profundamente individual, cada persona debe descubrir y optar por el método de estudio y aprendizaje que mejor se adapte a su estilo personal, a su ritmo y a sus metas. Además, es el propio individuo quien está más capacitado para medir el progreso conceptual y la consecución de los objetivos que se ha trazado. Esta autoevaluación requiere una habilidad clave: la capacidad de "alejarse de sí mismo" para analizar, sin prejuicios emocionales ni afectivos, la estructura lingüística y conceptual del contenido aprendido, buscando el significado más objetivo posible y evitando interpretaciones subjetivas basadas únicamente en experiencias personales.
Por otro lado, en cada proceso de aprendizaje es necesario descubrir, crear e incluso inventar los medios que permitan mantener un flujo constante de asimilación y acomodación intelectual. Este flujo, descrito originalmente por Piaget, implica integrar nueva información en estructuras mentales existentes (asimilación) y ajustar esas estructuras cuando la nueva información lo exige (acomodación). Este proceso no se limita a la enseñanza formal o regulada, sino que se aplica a cualquier individuo comprometido con aprendizajes permanentes a lo largo de su vida. Por ejemplo, un profesional que aprende un nuevo software podría experimentar con diferentes tutoriales, tomar notas de sus errores y ajustar su enfoque hasta dominarlo, todo ello de manera autónoma.
El proceso de aprender a aprender consiste, en esencia, en ejercer activamente el conocimiento de cómo uno aprende, identificando los mecanismos que se están utilizando y determinando cuáles son las maneras más eficaces de comprender, analizar y asimilar el mundo exterior. Cada persona puede elegir los medios que le resulten más convenientes o cómodos. Un ejemplo clásico de esto lo encontramos en el filósofo Baruch Spinoza, cuyo método geométrico en su obra Ética ilustra cómo el aprendizaje puede construirse a partir de proposiciones interconectadas. Para Spinoza, "cada cosa —cuerpo o idea— se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser" (proposición 6, parte III), una idea que deriva de proposiciones anteriores como "la potencia de Dios es su esencia misma" (proposición 34, parte I) y "ninguna cosa puede ser destruida sino por una causa exterior" (proposición 4, parte II). Este encadenamiento lógico demuestra cómo el aprendizaje puede ser un proceso acumulativo y estructurado, algo que cualquier persona puede replicar al conocerse a sí misma y reflexionar sobre sus propios métodos.

La relevancia de aprender a aprender en la actualidad


Aprender a aprender es una habilidad fundamental en nuestros días, especialmente en una sociedad donde la información nos bombardea constantemente desde múltiples fuentes: redes sociales, noticias, libros, cursos en línea, entre otros. En este contexto, es esencial saber organizarse, seleccionar lo más relevante, filtrar lo superfluo y, sobre todo, utilizar ese conocimiento de manera práctica y efectiva en el futuro. Estas tareas requieren haber asimilado una serie de estrategias y haber desarrollado la capacidad de ponerlas en práctica de forma consistente.
Así pues, aprender a aprender se convierte en el procedimiento personal más adecuado para adquirir cualquier tipo de conocimiento. Este enfoque supone impulsarlo como una forma activa de acercarse a los hechos, principios y conceptos, transformando al aprendiente en un agente consciente de su propio desarrollo intelectual. En términos concretos, aprender a aprender implica:
  • El aprendizaje y uso adecuado de estrategias cognitivas, como la memorización activa, la elaboración de resúmenes o la conexión de ideas.
  • El aprendizaje y uso adecuado de estrategias metacognitivas, como la planificación del estudio, la autorreflexión y la evaluación del progreso.
  • El aprendizaje y uso adecuado de modelos conceptuales, que inicialmente pueden ser rudimentarios pero que, con el tiempo, maduran y se refinan a medida que el individuo gana experiencia.
Desde esta perspectiva, aprender a aprender equivale a dotar al individuo de "herramientas para aprender". Estas herramientas no son meras técnicas, sino conceptos que actúan como bisagras entre el lenguaje, la experiencia y el entendimiento. El conocimiento más valioso en este proceso es el autoconocimiento o metacognición: la capacidad de comprender el propio funcionamiento psicológico, ser consciente de lo que se está haciendo y controlar eficazmente los procesos mentales. Por ejemplo, un estudiante que reconoce que se distrae fácilmente podría decidir estudiar en bloques cortos con descansos regulares, optimizando así su concentración.
En última instancia, al individuo no le interesa simplemente dominar técnicas de estudio eficaces, sino desarrollar un entendimiento profundo de sus propios procesos de aprendizaje. La vía fundamental para alcanzar este metaconocimiento es la reflexión constante sobre la propia formación teórica y práctica en distintos contextos. Esto significa crear teorías personales, equivocarse, reconocer los errores y reemplazarlos por conceptos más precisos, un método que resuena con el enfoque de Spinoza en su Ética demostrada según el orden geométrico. Al igual que este filósofo construyó un sistema lógico a partir de axiomas y proposiciones, cualquier persona puede edificar su propio marco de aprendizaje mediante la observación, la experimentación y la corrección continua.


El Deseo en la Filosofía de Spinoza: Ética y Naturaleza Humana Explicadas

Spinoza y el Consumismo Moderno: Deseos Fugaces vs. Auténticos.

¿Alguna vez te has preguntado qué impulsa realmente nuestras acciones y deseos en un mundo saturado de consumismo y apetencias superficiales? En la filosofía de Baruch Spinoza, el deseo no es un capricho pasajero, sino la esencia misma del ser humano, un motor que conecta la naturaleza humana con una ética profunda y transformadora. En este artículo, exploramos “El Deseo en la Filosofía de Spinoza: Ética y Naturaleza Humana Explicadas”, analizando cómo su obra maestra, la Ética demostrada según el orden geométrico, nos invita a distinguir entre deseos auténticos y las ilusiones inducidas por la sociedad moderna. Sumérgete en esta reflexión para descubrir cómo los conceptos de Spinoza pueden ayudarnos a entender nuestra relación con el mundo y a navegar los desafíos del consumismo contemporáneo.




Contexto Histórico y Conceptual: Spinoza y el Deseo en su Época

Para comprender el deseo es esencial situarnos en el siglo XVII, una era de transformaciones intelectuales y religiosas en Europa. Baruch Spinoza, nacido en Ámsterdam en 1632 y fallecido en 1677, vivió en un momento de tensiones entre la ortodoxia religiosa, el auge del racionalismo y los primeros pasos de la Ilustración. Como pensador judío excomulgado por su comunidad y criticado por las autoridades cristianas, Spinoza desarrolló una filosofía radical que desafiaba las nociones tradicionales del deseo, la naturaleza humana y Dios, presentándolos como parte de una sola sustancia infinita, que llamó “Dios o Naturaleza”.
En su obra cumbre, Ética demostrada según el orden geométrico (1677), Spinoza propone que el deseo (conatus) es la esencia misma del hombre, la fuerza que nos impulsa a perseverar en nuestra existencia y a buscar la alegría (beatitudo). A diferencia de los filósofos anteriores, como Descartes, o de las visiones cristianas que veían el deseo como pecaminoso, Spinoza lo concibe como algo natural y necesario, inseparable de la razón y los afectos. Este enfoque contrasta con el mundo moderno que describe el texto: una sociedad saturada de consumismo y deseos fugaces, donde las apetencias superficiales, impulsadas por la publicidad, opacan los deseos auténticos que Spinoza celebraba.
Este contexto histórico y conceptual nos permite entender por qué la filosofía de Spinoza sigue siendo relevante hoy. Su visión del deseo como un puente entre la naturaleza humana, la ética y el cosmos ofrece una crítica poderosa al vacío de los impulsos modernos, invitándonos a reflexionar sobre cómo recuperamos una relación más profunda y consciente con nuestros anhelos.

El deseo de Spinoza hoy

Spinoza moderno en cómic, chaqueta y jeans, sosteniendo su Ética en ciudad nocturna con anuncios, simbolizando deseos frente al consumismo, Microfilosofia.com



Así que pretendo hacer filosofía partiendo de uno de los conceptos más trillados de la historia de la filosofía, encuentren ustedes a un filósofo que se precie que no haya hablado del deseo y su interacción con el hombre y la naturaleza. Ya se pueden imaginar que es un concepto central al hombre, cuerpo autónomo e integrado en el hombre que participa de él como la sal al mar, el deseo es la parte consciente y procedimental de la naturaleza humana, y así como la naturaleza del desarrollo puede predecirse por sus genes y sustancias -por su determinación genética- la naturaleza del deseo humano puede intuirse por sus ideas y conceptos. No es poca cosa detenerse a pensar en ello: el deseo no solo nos atraviesa como un hilo que cose nuestra existencia, sino que también nos define en nuestra relación con el mundo, con los otros y con nosotros mismos. Es un motor silencioso, a veces imperceptible, que guía nuestras acciones incluso cuando creemos que somos dueños absolutos de nuestras decisiones.
El deseo que a mí me interesa es el de Spinoza, quien dice que este es la esencia del hombre, es decir, para Spinoza el deseo es lo que mueve al hombre en la dirección y forma en la que los hombres pueden formarse a sí mismos en cuanto a individuo o cuerpo social. Y no hay ejemplo más claro que su "Ética demostrada según el orden geométrico" como libro que define y ejemplifica esta descripción. Ya que es un libro de deseos, de esos libros que crecen sobre tu cabeza y hacen hijos a tus espaldas. Si un hombre quisiese aprender a desear intensamente no puede perderse este libro.
Es una obra que no se limita a describir el deseo, sino que lo despliega en un sistema riguroso, como si fuera una arquitectura del alma humana trazada con compás y regla. Spinoza no se conforma con observar el deseo desde lejos; lo disecciona, lo ordena y lo presenta como una fuerza viva que no solo nos empuja, sino que nos constituye. Ahora bien, los deseos de Spinoza son complejos y entrelazados, no son deseos fugaces como las apetencias que se muestran en televisión, ni deseos basados en "pulsiones" o instintos, como son la gula, la avaricia, la lujuria o el ansia de poder—-estos son deseos incompletos que siempre van acompañados de alguna tristeza, de un vacío que se cuela por las rendijas de la satisfacción momentánea. En Spinoza el deseo es uno, y al mismo tiempo infinito, capaz de descomponerse en una multiplicidad de deseos y afectos, como un prisma que refracta la luz en colores diversos sin perder su unidad esencial.
Pero, no pretendo aquí extenderme en la fuerza del deseo spinoziano —eso ya puede hacerlo quien quiera en su casa, con un café en la mano y la disposición de dejarse interpelar por sus páginas—, lo que vengo es a criticar, y a decir que los deseos que veo en la gente a diario, los deseos que anidan en ciertas cabezas llenas de pájaros, junto con otros de cabezas más instruidas e igualmente inutilizadas son, en su mayoría, deseos fugaces. Más que deseos son apetencias, o pequeños intereses inducidos. Apetencias de una chocolatina, de una fragancia, de una gominola, de un viaje a un lugar que en el fondo no importa tanto, de un utensilio no necesario que mañana quedará olvidado en un cajón. Son sombras de deseos, ecos de algo más profundo que ha sido reemplazado por un simulacro. Lo que ocurre es que los deseos que respiramos solo son producidos por el intelecto del hombre en su propio bien en una mínima parte; el resto son desechos de la publicidad, subproductos de un sistema que nos bombardea con imágenes, promesas y necesidades artificiales. Pensemos, por ejemplo, en el frenesí de las compras navideñas, en esos anuncios que nos dicen que la felicidad está a un clic de distancia, en un nuevo teléfono o en un perfume que nos hará inolvidables. ¿Cuánto de eso es deseo genuino y cuánto es sugestionado desde fuera?
Libro de Spinoza en una calle nocturna de una ciudad moderna con anuncios brillantes, simbolizando la búsqueda de deseos auténticos frente al consumismo, filosofía y ética spinoziana
¿A quién le interesa tener tanta cantidad de deseos inútiles en su cabeza?, eso no interesa a ningún individuo, solo es un concepto de pago con intereses lúdicos, una deuda que cargamos sin darnos cuenta, un juego en el que participamos sin haber elegido las reglas. ¿Por qué tenerlo en mi cabeza?, ¿Qué puedo hacer para defenderme de esto?, lo único que se puede hacer es hacerse consciente de los deseos propios. Y para esto solo conozco un remedio: Ética demostrada según el orden geométrico de Baruch de Spinoza. No es una solución fácil ni inmediata, claro está. Leer a Spinoza requiere paciencia, un esfuerzo casi matemático para seguir sus proposiciones, definiciones y escolios. Pero en ese esfuerzo está la clave: al comprender el deseo como una fuerza que nos atraviesa y nos forma, podemos empezar a distinguir entre lo que realmente nos pertenece y lo que nos ha sido impuesto. Es un ejercicio de autoconocimiento, una forma de limpiar la mente de escombros y quedarse con lo esencial. Porque si algo nos enseña Spinoza, es que el deseo verdadero, el que merece ese nombre, no se agota en la superficie de las cosas, sino que se dirige hacia lo eterno, hacia una alegría que no depende de lo pasajero. Y en un mundo saturado de apetencias triviales, ¿no es eso, acaso, una revolución silenciosa?